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Cómo cambió nuestras vidas en las últimas décadas: «Lo que se desvanece», el nuevo libro de Alberto Ades

Cómo cambió nuestras vidas en las últimas décadas: «Lo que se desvanece», el nuevo libro de Alberto Ades


En esta entrevista en Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), Alberto Ades presenta su obra más reciente, Lo que se desvanece: Arqueología de un presente inestable. A lo largo del diálogo, reflexiona sobre los pequeños grandes cambios de las últimas décadas —desde la pérdida de la costumbre de contar chistes hasta la hiperconexión laboral—, examina la vida cotidiana y política en Nueva York y traza un paralelismo quirúrgico sobre la situación actual de la Argentina y los desafíos pendientes del plan económico.

Alberto Ades es abogado egresado de la Universidad de Buenos Aires y doctorado en Economía por la Universidad de Harvard. Es reconocido por su trayectoria de más de tres décadas en los mercados financieros globales. Se desempeñó como director de investigación y estrategia en NWI Management, habiendo ocupado previamente puestos de liderazgo en instituciones como Bank of America, Citigroup y Goldman Sachs. Recientemente presentó su libro Lo que se desvanece: Arqueología de un presente inestable, obra que analiza el impacto de la revolución tecnológica y digital sobre la conducta humana, la salud mental de los jóvenes, las dinámicas de crianza y la transformación del entorno laboral.

Alberto, además, en su doble condición de economista por un lado y abogado por el otro, supongo que las ciencias sociales lo atraviesan al punto de que su libro, Lo que se desvanece: Arqueología de un presente inestable, no puede no hacernos resonar la frase de Marx respecto de la burguesía, de que «todo lo sólido se desvanece en el aire». ¿Le resonó de aquello?

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Me resonó de aquello. Claro que Marx hablaba de cosas relativamente importantes y muy visibles que se desvanecían. En el caso del libro, es un libro mucho más enfocado en cosas pequeñas, cotidianas, que parece que no tienen ninguna importancia, pero al perderlas —perder esas capacidades como consecuencia de la tecnología, que trae un montón de otras cosas positivas, tampoco quiero que el libro suene negativo—, al perder esas capacidades, esas pequeñas costumbres, hábitos, nuestra forma de habitar el tiempo, de relacionarnos con los demás, nos cambian, y nos cambian de una manera significativa. Cosas como contar chistes, saber contar chistes. El libro empieza, surge de esa manera, en realidad. La anécdota que siempre cuento es: yo estaba reunido con un grupo de amigos, terminábamos de almorzar, se hizo un silencio y les digo: «Che, ¿alguno tiene un chiste para contar?». Me miraron con cara de marciano, como diciendo: «¿Pero de qué? Eso es de los ochentas, o sea, hoy no se cuentan chistes». Les digo: «Bueno, ¿cuándo fue la última vez que escucharon un chiste en una reunión social? Yo, cuando era chico, uno iba con un repertorio, uno contaba, otro decía: «No, no, pará, yo tengo uno mucho mejor»». Era lo más normal del mundo. ¿Y hoy? No. Entonces, bueno, escribí una nota que salió en la sección Ideas, en el suplemento Ideas de La Nación. La gente reaccionó: «No me di cuenta, pero es cierto, eso… no contamos más chistes, ¿qué pasó?». Bueno, escribí un par más y surge este libro. Y yo creo que nos cambian. Y podemos pensar en tres ejemplos, o un par de ejemplos: la infancia. Cómo cambió la infancia y la crianza de los 60/70, que los chicos vivían en libertad, controlaban la calle, iban a la plaza solos, armaban sus programas, miraban mucha televisión, a lo que es la infancia hoy, por lo menos en las clases medias o clases medias altas, donde los chicos están mucho más controlados. La idea de ir solos a la plaza… bueno, cambia nuestra relación con el riesgo, ¿no es cierto? O sea, hoy estamos, en cuanto a los chicos, dispuestos a tomar mucho menos riesgo. O el pensamiento, nuestra relación con el pensamiento. Cuando nosotros éramos chicos, hace no tanto, se escribía a mano, letra cursiva. Cuando uno tenía que escribir algo, lo pensaba muy bien antes de escribirlo.

¿En Harvard le piden a los alumnos que en sus exámenes escriban a mano o pueden escribir…?

Yo escribí muchos exámenes a mano. Creo que ahora…

Acá sigue siendo exigible que sea a mano. En el caso de Estados Unidos, en Harvard ya no.

Yo creo que ya no, o sea, mis hijos fueron a Harvard también —yo hice el doctorado, ellos hicieron el grado— y yo creo que ya tomaban examen con laptop, ¿no? Ahora, eso era antes de la inteligencia artificial. No sé cómo será ahora, si volveremos a escribir a mano, pero lo que es interesante también es que la cursiva se deja de enseñar. Muchos, cuando los chicos escriben a mano, escriben con letra de molde a mano; es otra cosa. Pero bueno, eso cambia nuestra relación con el pensamiento, creo. Y lo mismo con el tiempo, el trabajo. Hace 20 o 30 años había una jornada laboral. Periodismo sé que es distinto, pero para la mayoría…

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Nunca la hubo.

Nunca la hubo, pero para la mayoría de la gente a las cinco de la tarde, a las seis de la tarde, se acababa el trabajo. El fin de semana no había trabajo, en las vacaciones no se molestaba a la persona. Hoy el trabajo se nos cuela todo el tiempo en el celular y creemos que somos más libres, que tenemos más flexibilidad. Pero la separación, que en algún momento hasta fue sagrada entre el trabajo y el descanso en el judaísmo y en otras religiones, ha desaparecido completamente. Y creo que todo esto nos cambia. Y, perdón, una cosa más: no es la primera vez que sucede. O sea, yo creo que sucedió con la invención de la escritura, que desencarnó el conocimiento y el saber de la memoria y nos permitió, obviamente, avanzar muchísimo. Y también con la Revolución Industrial, con el reloj industrial, la sirena de fábrica que ponía un comienzo y un fin al día y se le pagaba al trabajador por hora, mientras antes de eso se trabajaba de acuerdo al día y las estaciones, y se cobraba por tarea, no por hora. O sea, ese fue también un cambio del que no nos dimos cuenta. Y yo creo que lo que trato de hacer en el libro es mostrar estas pequeñas cosas que están cambiando en la alimentación, en la crianza, en el duelo, en el lenguaje.

¿Se ven diferencias en esto entre Estados Unidos y Argentina?

No tanto. El libro usa muchos ejemplos de la Argentina porque yo nací y crecí en la Argentina. Yo creo que la penetración de las redes, de las plataformas y de las aplicaciones… Cuando uno habla de la Argentina, obviamente la Argentina es un país grande, y yo hablo en particular de Buenos Aires, que es lo que más conozco, pero no lo veo tan distinto. Yo vivo en Nueva York, no la veo tan distinta Buenos Aires. No veo tan distinto Buenos Aires de Nueva York. Creo que algunas cosas relativas a la crianza son más extremas, por ejemplo, en Nueva York que en Buenos Aires.

Bueno, Nueva York particularmente es una ciudad sin chicos, ¿no?

Era una ciudad sin chicos. Yo me mudé a Nueva York en el 94. Era una ciudad… Hay anécdotas divertidas. O sea, era una ciudad que cuando un matrimonio tenía hijos…

Se iba a Connecticut.

Se iba a los suburbios, porque la ciudad era cara, sucia y peligrosa. Estaba bien para los adultos, pero para los chicos no. La ciudad, desde mediados de los 90, sigue siendo cara, pero es menos sucia y menos peligrosa. Mis hijos, que fueron a la escuela en Manhattan —ligeramente al norte de Manhattan—, cuando hubo que postular… eso es una cosa impensable acá en la Argentina, ¿no? En jardín de infantes había que postular a 10 escuelas a ver a cuál entraban. Yo tengo vecinos en el edificio en el que vivo que deben tener unos 10 o 15 años más que yo, que criaron a sus hijos en Manhattan en la época en que todos se iban de la ciudad. Me dicen: «No, cuando mis hijos tuvieron que postular, te venían y te pedían por favor que pusieras», porque no había… las escuelas estaban vacías porque la gente se iba a los suburbios. Eso ha cambiado bastante.

¿Cómo se lo ve a Donald Trump desde Nueva York, su propia ciudad, la ciudad de Trump?

No es muy popular en Nueva York. Nueva York, tanto el estado como la ciudad, son tradicionalmente…

Demócratas

Muy demócratas. Trump no está bien visto en Nueva York. Trump es popular en los estados tradicionalmente republicanos y en algunos de los que se llaman purple, o sea que son mezcla entre colorado y azul, que muchos de ellos se han ido haciendo más colorados con el tiempo, como Florida, donde él mudó su residencia. Él ahora no es más residente de Nueva York, es residente de Florida.

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¿Y cómo se lo ve a Mamdani?

Depende a quién le preguntes. O sea, la gente joven lo ve bien, muchos tradicionalmente demócratas lo ve bien y mucha gente lo ve con mucha preocupación. Ahora, en el caso de Mamdani, creo que hay que separar su visión política y geopolítica, que genera rechazo en muchos segmentos —Nueva York tiene una población judía bastante importante—. Ha sido muy contrario al estado de Israel y a todo lo que pasó en Gaza, pero al mismo tiempo, si bien asumió con una agenda bastante progresista y ambiciosa en términos de subsidios y gasto, se chocó con la realidad y mucho no pudo hacer. Por ahora, el gran cambio que hizo este año, que no es tan grande, es imponer un impuesto a las segundas residencias, o sea, a la gente que tiene departamentos o casas en New York, pero no vive ahí, sino que la tiene como segunda residencia. No ha impactado a los residentes permanentes de Nueva York; no ha logrado imponer su idea de convertir en gratis al transporte urbano, ómnibus y subte, o sea, no lo ha podido hacer; no ha podido subir impuestos… Hay una cantidad de cosas que realmente no pudo hacer, lo cual no es tan sorprendente: Nueva York tiene un montón de problemas fiscales y lo último que necesita es que venga alguien y diga: «¿Queremos gastar más?» o «¿Queremos cobrar menos?».

En economía, ¿cómo ve a Milei? ¿Cómo ve la economía de la Argentina? La distancia que le permite hacer un panorama…

Es muy importante eso que usted dice: la distancia. Porque, obviamente, estando acá se generan pasiones. Yo soy argentino, así que algo de pasión tengo por la Argentina, pero el haber pasado tanto tiempo afuera y trabajado con tantas economías que no eran la Argentina… Mi carrera la hice en el tema más que nada internacional, últimamente más enfocada en Estados Unidos, pero involucrado con todos los países emergentes y con una cantidad de otros países del G7. Yo creo que a la Argentina se la puede ver, así a grandes rasgos —si después podemos entrar en más detalle—, se la puede ver como un barco mal mantenido que enfiló en la dirección incorrecta y encalló. Y en 2023 el barco ese tenía varios agujeros en el casco, estaba entrando agua y se estaba hundiendo. Y creo que la estrategia de Milei tiene tres partes, o la estrategia del gobierno de Milei tiene tres partes: La primera fue tapar los agujeros para que el barco no se hundiera, o sea, no entrar en una hiperinflación u otra crisis. Y yo creo que ahí el trabajo de emergencia que hicieron, la verdad que fue bastante más agresivo que el que uno hubiera podido imaginar. Yo vine en 2023 y me junté con todos los candidatos a presidente y con todos los equipos económicos que estaban preparando planes en caso de que el candidato triunfara. Ninguno imaginaba que se iba a poder eliminar el déficit en un año. Todos decían: «Bueno, podemos bajarlo un punto y medio o dos el primer año; después, si la economía empieza a crecer, se va a bajar un poquito más porque la recaudación va a mejorar, vamos a poder bajar los planes sociales gradualmente, y por ahí en cuatro años eliminamos el déficit». La tarea de tapado de los agujeros sorprendió. Creo que Milei lo que está tratando de hacer es cambiar la dirección del barco. El barco argentino siguió una dirección opuesta durante demasiado tiempo a la de la gran mayoría de las economías de la región: era una economía muy cerrada, muy regulada, con un Estado muy pesado. Él está tratando de cambiar eso. Y después queda el tema del service, que son una cantidad de reformas que son indispensables en la Argentina para que el barco pueda navegar sin mayores contratiempos en la dirección correcta. Y eso incluye algunas de las reformas que se pasaron en la Ley Ómnibus que se pasó a principios del año 24, pero quedan otras muy importantes, definitivamente muy importantes: la reforma impositiva, que es impostergable —el sistema impositivo acá es absurdo—; la reforma del sistema de jubilaciones —sabemos que el sistema está quebrado, que muchos… bueno, yo no vivo acá, pero mucha gente cuando se jubila va a cobrar dos pesos—; el sistema educativo necesita una reforma; el sistema de salud necesita… Hay una cantidad de reformas, lo que se llamaba de «segunda generación» en su momento, que están pendientes y son desafíos no solamente para Milei, yo creo que son desafíos para toda la clase política.

Alberto Ades, muchísimas gracias.

Por favor, un placer.

MEG





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