Un estudio dirigido por Erika Rosengren, investigadora de la Universidad de Lund, reconstruyó cómo los uros de Escandinavia, región del norte de Europa que incluye países como Suecia, Noruega y Dinamarca, desaparecieron gradualmente tras la última Edad de Hielo.
El análisis, publicado en The Holocene y divulgado por Earth.com, examinó ADN antiguo, restos óseos y registros arqueológicos de Dinamarca y el sur de Suecia.
Los uros fueron los antepasados salvajes del ganado actual y habitaron grandes zonas de Europa, Asia y el norte de África antes de la expansión de los animales domesticados.

Después de la última Edad de Hielo, los uros avanzaron hacia el norte por rutas terrestres que conectaban la Europa continental con territorios que hoy corresponden a Dinamarca y el sur de Suecia. Las pruebas genéticas indican que esos individuos procedían de poblaciones de Europa occidental.
Los científicos analizaron ADN mitocondrial, el material genético que se transmite por línea materna, de 11 ejemplares. Todos pertenecían al grupo P1, una señal de origen compartido. El equipo sostiene que el contacto con los animales del continente continuó hasta hace entre 8.500 y 8.000 años.
El aumento del nivel del mar cubrió luego los últimos corredores terrestres; esa separación limitó la reproducción con poblaciones más numerosas ubicadas al sur y redujo la variedad genética disponible para los grupos escandinavos.

La falta de intercambio dejó una huella en el genoma de los animales. El equipo estudió con detalle a 2 uros de Scania, en el sur sueco, y detectó una elevada proporción de ADN coincidente en fragmentos cortos y medianos. Este resultado indica que pertenecían a una población pequeña y aislada desde hacía muchas generaciones.
El hallazgo apunta a un cuello de botella poblacional, un proceso en el que disminuye de manera abrupta la cantidad de individuos que pueden reproducirse. En esas condiciones se pierde diversidad genética, un factor que puede limitar la capacidad de adaptación.
Mikkel-Holger S. Sinding, profesor asociado de la Universidad de Copenhague y coautor principal, afirmó que “la diversidad genética del uro disminuía a medida que uno se desplazaba hacia el norte desde Europa continental, pasando por Jutlandia, y luego descendía aún más al cruzar Zelanda y Escania. Es un ejemplo clásico de cuello de botella en genética evolutiva”.

Para establecer cuándo comenzó la reducción, los investigadores revisaron 108 restos de uro fechados mediante radiocarbono en el sur de Suecia y el este de Dinamarca. Esta técnica permite estimar la época en que vivió un animal a partir de elementos presentes en sus huesos.
La frecuencia de los materiales arqueológicos aumentó entre hace unos 11.200 y 9.300 años. Sin embargo, alrededor de hace 9.268 años, el registro cayó con rapidez y los hallazgos se volvieron menos frecuentes.
El grupo evaluó si ese cambio podía deberse a la conversión de fechas radiocarbónicas a años de calendario, pero las simulaciones no reprodujeron el mismo comportamiento. Los autores advirtieron que la conservación desigual de los huesos y las diferencias en el trabajo arqueológico pueden afectar el registro.
Aun así, los datos de 45 colecciones óseas procedentes de 33 yacimientos muestran que los uros pasaron a ser mucho menos comunes frente a otros grandes animales con pezuñas entre hace 10.000 y 7.800 años.

La presión de caza se mantuvo durante el descenso poblacional y pudo ser más intensa entre hace 9.000 y 8.400 años. El análisis genético permitió identificar el sexo de 25 ejemplares.
Los machos fueron más frecuentes entre hace 9.500 y 8.000 años, aunque la muestra no basta para establecer que los cazadores los eligieran de forma sistemática.
En el yacimiento danés de Sværdborg I, el desgaste dental mostró que se cazaban animales de distintas edades. Más de la mitad tenía más de 5 años, aunque también había crías, ejemplares de 1 año y adultos jóvenes.
Al mismo tiempo, los bosques se expandieron en el sur escandinavo y redujeron los ambientes abiertos que los uros necesitaban para alimentarse. Los registros de polen del sur de Suecia señalan una presencia escasa de pastos y otras plantas bajas entre hace 8.000 y 6.700 años. Además, la composición química de los huesos indica que la fauna comenzó a alimentarse en bosques cada vez más densos.

La especie desapareció de Selandia, la isla danesa, hace aproximadamente 8.500 años, mientras que algunos grupos del sur de Suecia sobrevivieron al menos hasta hace 6.500 años.
Esa zona contaba con mayor superficie y una combinación más amplia de hábitats, condiciones que pudieron ofrecer más alimento y oportunidades para evitar a las personas.
Después de hace 8.000 años, los restos se volvieron poco habituales en los asentamientos costeros suecos, aunque los investigadores consideran posible que las poblaciones se mantuvieran durante más tiempo en el interior.
Los humedales pudieron servir como zonas de alimentación para los uros. Sin embargo, como esos ambientes conservan mejor los huesos, una mayor cantidad de vestigios hallados allí no demuestra necesariamente que hubiera más animales.
Rosengren señaló que los resultados “confirman que las especies rara vez desaparecen debido a un solo factor”. La autora añadió que los planes de conservación deben considerar varios problemas a la vez y respaldó la creación de corredores ecológicos que conecten hábitats.
La desaparición de estos individuos fue, por tanto, un proceso prolongado: las poblaciones se redujeron, perdieron diversidad genética, quedaron separadas de otros grupos, siguieron expuestas a la caza y encontraron menos áreas adecuadas para pastar.