MILÁN—Las tres mayores economías del mundo, de dimensiones continentales, avanzan en direcciones diferentes. Cada una tiene sus fortalezas y debilidades, aunque la situación parece ser más favorable en Estados Unidos y China que en Europa.
Estados Unidos se destaca en el sector del software, en algunos sectores de alta tecnología y en los hidrocarburos. Mucho antes del surgimiento de la inteligencia artificial, las empresas tecnológicas estadounidenses ya dominaban mercados, sobre todo en Occidente, pero el rápido desarrollo de esa tecnología —especialmente el de la IA agéntica— ha fortalecido su posición dominante; mientras tanto, el petróleo y el gas de esquisto le han permitido aumentar significativamente su producción energética, convirtiéndolo en un exportador neto.
Lo que Estados Unidos no tiene son ahorros… aunque su baja tasa de ahorro —que asciende a solo el 17,8% del PBI — no implicó grandes obstáculos para la inversión (sobre todo en centros de datos), sí lleva a que esas inversiones contribuyan directamente a un elevado déficit en la cuenta corriente, que refleja déficits incluso en sectores con elevado consumo energético, como el del acero. La baja tasa de ahorro también ha asfixiado a la industria manufacturera tradicional, ya que todo el capital disponible se destina a los sectores tecnológico y energético.
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Sucesivos gobiernos estadounidenses han intentado, sin éxito, reactivar la industria manufacturera, que ahora representa menos del 10% del PBI. El presidente Donald Trump afirmó que los aranceles serían la solución, pero los datos hasta la fecha indican lo contrario. En lugar de obligar a las empresas a trasladar su producción a EE. UU., los aranceles han supuesto, en su mayor parte, un impuesto para los importadores y consumidores estadounidenses; sin embargo, dado que su sector manufacturero se redujo tan significativamente, ese fracaso no afectó en gran medida al crecimiento económico general.
China, con una alta tasa de ahorro
China es, en cierto modo, la contracara de EE. UU.: su tasa de ahorro, superior al 40 % del PIB, sigue impulsando un amplio superávit comercial… pero la composición de ese superávit está cambiando. Las existencias de capital de China eran muy bajas cuando se incorporó a la Organización Mundial del Comercio hace un cuarto de siglo, pero actualmente son más del doble que las de EE.UU. y están aumentando rápidamente. También la formación de los trabajadores chinos está mejorando a gran velocidad: por ejemplo, la cantidad de ingenieros que se reciben por año en ese país se multiplicó por ocho desde 2000.
Esta gigantesca acumulación de capital humano y físico está redefiniendo la ventaja comparativa de China, en lugar de seguir como un productor de bajo coste de bienes de baja tecnología, el país se está volviendo cada vez más competitivo en los sectores de alta tecnología y uso intensivo del capital que, históricamente, estaban en manos de las economías avanzadas. El Gobierno chino está apoyando activamente estos cambios: su último Plan Quinquenal impulsa la fabricación avanzada, especialmente en sectores de importancia estratégica; pero es probable que la economía china hubiera avanzado en esa dirección incluso sin intervención política.
El problema de China radica en la demanda interna: según algunas estimaciones, los sectores inmobiliario y de infraestructura representaron más del 30 % de la demanda total en 2021, pero el posterior colapso del sector inmobiliario y la recesión de la construcción han llevado desde entonces a que la demanda se desplomara. La inversión adicional que exige la fabricación avanzada no puede contrarrestar esas pérdidas, por lo que es probable que el superávit de ahorro aumente aún más. Esto podría reforzar el sentimiento proteccionista en EE. UU. y Europa, donde los responsables políticos atribuyen cada vez más los superávits comerciales de China a subvenciones y otras ayudas que consideran injustas.
La débil posición de la Unión Europea
La Unión Europea parece encontrarse en la posición más débil, cuenta con un pequeño superávit de ahorro, que se traduce en un pequeño superávit comercial; y carece de recursos energéticos suficientes y de empresas líderes en inteligencia artificial. Además, las industrias de tecnología media y alta que alguna vez impulsaron su economía están entre las que enfrentan una competencia más dura por parte de China. Son ahora los responsables políticos europeos quienes se apresuran a aplicar sus propias medidas proteccionistas y subvenciones para salvar a las viejas industrias. En el sector del acero, por ejemplo, la UE redujo recientemente los cupos arancelarios a la mitad y duplicó los aranceles.
Esta respuesta es tan comprensible como errónea desde el punto de vista económico; de hecho, la ineficacia de esas medidas quedó demostrada en repetidas ocasiones. El impacto de los elevados aranceles antisubvenciones que la UE impuso a la importación de vehículos eléctricos de batería chinos en 2024 fue mínimo; y la mayoría de otras subvenciones a sectores que producen productos homogéneos basados en economías de escala —como las baterías y, hace una década, los paneles fotovoltaicos— también fracasaron.
En última instancia, el comercio se basa en las ventajas relativas, no en las absolutas. En lugar de intentar salvar industrias en las que ya no cuenta con ventajas relativas, Europa debiera centrarse en los sectores especializados donde cada vez tiene más, la maquinaria para fabricar chips es un buen ejemplo de ello.
Una sola empresa europea, ASML (de los Países Bajos) ostenta el monopolio mundial de las máquinas de litografía de ultravioleta extrema (EUV, por su sigla en inglés) necesarias para producir los microchips más avanzados. Se trata de productos de alta ingeniería muy diferenciados, en los que las economías de escala no son particularmente importantes. Mientras que los chips se producen por millones, o incluso miles de millones, ASML solo produce unas pocas docenas de máquinas de litografía EUV al año. El superávit de Europa en este tipo de maquinaria puede compensar con creces su déficit en los propios chips.
La UE también genera un amplio superávit por la venta de aviones, otro bien especializado que no se produce en grandes cantidades, pero que implica relaciones a largo plazo con los clientes. Europa podría compensar su creciente déficit bilateral con China aumentando las exportaciones de este tipo de productos especializados a otros mercados.
Adaptarse a esta nueva «división del trabajo» global no será fácil, pero los responsables políticos europeos pueden, y deben, facilitar el ajuste, especialmente fomentando una mayor flexibilidad en la economía y el aumento de la inversión en investigación y desarrollo. Es fundamental que a cambio de la asistencia que ofrecen a las industrias en dificultades los gobiernos las obliguen a implementar programas de adaptación. Intentar mantener a flote las viejas estructuras es una propuesta sin futuro.
* Director del Instituto de Políticas Europeas de la Universidad de Bocconi.